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El tesoro de Chile

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Por Elizabeth Castillo Álvarez. Abogada. Máster en Protección Jurídica de los DDHH: Persona Bioética y Género. Mg. Protección Jurídica de los DDHH U.A.

Un 17 de septiembre de 1847, se entonó por primera vez el Himno Nacional, ese que compuso Ramón Carnicer y Eusebio Lillo y que en el año 1909 quedó editado como versión oficial. La estrofa V, que es la que comenzamos a entonar dice: “y tu campo de flores bordados es la copia feliz del Edén”. Edén ese paraíso celestial, maravilloso y perfecto que nuestro Creador nos entregó, es el espejo de nuestro país y como no, si nos vemos rodeados de las más hermosas maravillas de la naturaleza, de desiertos floridos, campos fértiles en la zona central, nuestra cordillera nevada, el mar que nos provee y da vida, de animales nativos como la chichilla o el coipo, de geiseres y lagos majestuosos como el Calafquén y por supuesto y no muy lejos de nuestro querido Angol, la excelsa piedra del águila que se levanta esculpida en nuestra cordillera de Nahuelbuta ¡cómo no vamos a ser una copia feliz del Edén!. Pero eso no es todo. Chile tiene un tesoro aún más grande y excepcional y que se guarda en todas las regiones de nuestro país, en cada ciudad desde la cordillera al mar, pero lamentablemente está un tanto escondido, tiene un poco de polvo y piedras que no se han removido en muchos años o al menos no como esperaríamos de parte de quienes deben cuidar y proteger los tesoros y puede ser que usted lector, esté pensando -correctamente- en el cobre, el litio, el cuarzo o el oro y la plata, pero sin ánimo de desilusionarle, creo que el tesoro de Chile es mucho más que eso, son las risas y voces de muchos niños y niñas, son nuestros abuelos que con sus manos dieron vida a nuestro país trabajando de sol a sol, son nuestras abuelas que criaron y trabajaron sin descanso por un futuro mejor, son nuestros profesores muchas veces tan olvidados y que merecen todo nuestro respeto y consideración por que nos educaron, son las mujeres mariscadoras y recolectoras de algas, también lo es don Juan de Dios que carga su carreta de bueyes con cochayuyos y viaja desde la costa a la ciudad ofreciendo tan noble y leal producto, son los campesinos que labran la tierra y nos dan alimentos, son los pescadores que zarpan encomendados a la mar para surtir nuestras mesas, son los pequeños y medianos emprendedores que buscan con talento e ingenio avanzar con sus innovaciones, son los comerciantes y también aquellos empresarios que ofrecen trabajo digno y cumplen sus obligaciones laborales. Lo fueron nuestros Premios Nobel y  también el merquén y el vino chileno, son todos nuestros pueblos y todas sus raíces, cultura y cosmovisión, somos volantines y ramadas en el recinto “Sama”, somos empanadas y  terremotos, (en ambas acepciones) son nuestros bomberos que sin pedir nada a cambio lo dan todo por nosotros, son los funcionarios públicos que sirven al país y no van a servirse ni a ser servidos, son los probos, los que piensan en Chile y que velan porque se estreche la brecha de la desigualdad salarial, la brecha en la educación y en las oportunidades, en el respeto y la no discriminación. No somos solo un voto. Somos Chile, somos un tesoro.

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