Hermosa e insólita historia de fidelidad, de vida y muerte. “Cuando yo muera tú tienes que irte conmigo”, le decía el amo a su pequeño perro. Y así fue.

Por Arturo Zúñiga Campos.

ANGOL.- Esta es una historia como pocas veces se da en la vida. Y es posible que sea única. La historia de un hombre y su perro, unidos en la vida y en la muerte. Una conexión que superó todo límite. Otra vez la naturaleza y sus misterios.

Esto ocurrió hace poco aquí, en Angol, pero lo supimos recién.

Todo comenzó cuando una funcionaria del hospital regaló un cachorrito de perro a su amiga Drágica Carrasco, esposa de Manuel Illanes, carabinero jubilado y dueño de un colectivo. Le pusieron por nombre “Canito”. Corría el año 2007.

Pasó el tiempo y  el animalito se convirtió en el mejor amigo de Manuel, a tal punto que no permitía que nadie se le acercara. Lo sacaban a todas partes, a la montaña, a la playa, a donde fuera, Canito era de la partida. Regalón a más no poder. En casa se le prodigaban todos los cuidados imaginables, pero  especialmente  Manuel.  Aunque era de ella, su obsesión fue su amo. Como si hubiera sido predestinado a él.

Aún emocionadas y tristes, su viuda, Drágica, y su hija Jeanette, cuentan que entre amo y perro surgió  una relación muy especial, un lazo indisoluble, casi mágico.  “A veces Canito se quedaba mirando al papá durante diez, quince minutos sin despegarle los ojos. Sentía como una especie de fascinación por él”, dice Jeanette. A lo que su madre agrega: “el Cano era especial. Muchas veces dormía al medio de nosotros, pero siempre como cuidándolo. Manuel le conversaba  y él parecía entenderlo”.

Ambas guardan muchos y muy lindos recuerdos del paso de Canito por sus vidas, sus juegos, los paseos,  las tortas de cumpleaños que le traía Manuel. (Hay fotos de ello).

ENFERMOS

Manuel enfermó. Insuficiencia renal.  Sometido a diálisis, no mejoró  y su salud fue empeorando. “Y ahí era cuando le decía que al morir tenía que irse con él, aunque fuera a los pies”, recuerda con tristeza  la dama, añadiendo que echa mucho de menos a su perrito, que alcanzó a vivir casi 14  años con ellos.

Jeanette dice que coincidió que éste también enfermó.  Estuvo un año en tratamiento.  Fue llevado a rayos a Purén (en Angol no hay),  y le  encontraron varias patologías, entre pulmonares y cardíacas. “Comenzó a hincharse; tenía retención de líquidos”, señala, y agrega  que cuando el papá cayó al hospital comenzó a empeorarse, a decaer.

Hasta que llegó el día en que el amo falleció por insuficiencia renal crónica  terminal. “Nos dieron dos días para velarlo y sepultarlo”, dice la hija. “El perrito sabía. Lo esperaba, daba vueltas ahí afuera, iba y venía de un lado a otro, muy inquieto y triste.  Al segundo día  fui a la iglesia, al velatorio  y cuando volví estaba muerto. Cayó al lado de la reja que da a la calle”.

LOS DOS JUNTOS

Entonces hablaron con la administración del cementerio para pedir que fueran  enterrados juntos, como era el deseo de Manuel. Les dijeron que sí,  siempre que el perrito fuera en su propio ataúd.

Con algunos familiares construyeron la urnita.  “Durante el responso en la Iglesia San Francisco la gente miraba la cajita que descansaba a los pies de mi papá”, señala  Jeanette, a lo que su madre añade que “no lo creían. ¿Cómo, se va a ir con él…? ¡Es increíble…!, y cosas por el estilo…”

Pero así pasó. Fueron sepultados juntos. Canito a los pies.  Ahora, es posible que ambos anden por allá arriba, conociendo sus respectivos cielos.

Jeanette cuenta algo muy especial. Sin saber lo de Canito, una cuñada que vive en Puerto Montt soñó con Manuel, y lo veía caminando con un perrito al lado.  “Están juntos”, señala convencida su esposa.